Razonamientos Antoni

 

SISTEMA ARC. ®

 

Digan lo que digan, hay una cuestión irrefutable; sin equilibrio corporal no puede haber salud, ni bienestar, ni plenitud.

Cuando hablo de equilibrio corporal, me estoy refiriendo a TODO el equilibrio del cuerpo, incluyendo las Esencias Básicas que lo conforman.

El cuerpo y el Ser lo componen: la energía, la psique, las emociones y la espiritualidad, en un TODO funcionando al unísono, sincronizadamente, interrelacionándose y complementándose solidariamente en un TODO activo y global.

En mi último libro La microgimnasia – Amar el cuerpo, dejo bien claro que sin el cuerpo no estaríamos aquí.

Sin el cuerpo, no estaríamos aquí en la tierra, ni las Esencias o Cualidades que nos conforman como Persona –el SER– y que son: la energía-voluntad, la sabiduría-inteligencia, los sentimientos-emociones y el amor-felicidad, se podrían manifestar al plano terrestre, ni ejercer su elevada función terrenal.

Es únicamente el cuerpo, como contenedor indiscutible y exclusivo de esas propiedades extraordinarias, que hace posible este milagro. Repito que, sin el cuerpo, no existiríamos. No seríamos. No habría nada de nada.

Por lo tanto, este cuerpo de exhibición y exteriorización extraordinaria o divina, como se quiera denominar, es nuestra única residencia durante todo el trayecto terrenal –se piense lo que se piense y se crea lo que se crea–, con la circunstancia añadida de que venimos a este mundo sin otro cuerpo de recambio.

Y no se me diga que algunas de las cosas que manifiesto, no se pueden demostrar científicamente. Si alguien quisiera entrar en una discusión de este calibre me permitiría preguntarle: ¿Usted ama de verdad y desinteresadamente a su esposa y a sus hijos?. Y si esta persona me contestara afirmativamente, le diría lo siguiente: demuéstremelo científicamente.

Hay una pregunta que me he estado haciendo durante años, me hago, y desgraciadamente sé que me seguiré haciendo: ¿Cómo es posible que algo tan maravilloso, tan extraordinario y de tal belleza, desde donde se procesa espontánea y gratuitamente la salud, lo podamos maltratar hasta enfermarlo y destruirlo?

Los excesos y carencias, trabajando, comiendo, durmiendo, relacionándose e intimando, más las emociones malignas, como los miedos, los celos, el odio y la envidia y la suma de las actitudes negativas como la ambición, la vanidad, los apegos, la crítica, la mentira, la autorepresión, la autocrítica y las preocupaciones desmedidas, todo bien mezclado y profusamente aliñado con la desestructuración familiar y el desamor, todo, sin ninguna duda, son manifestaciones y consecuencias inevitables del desequilibrio corporal.

Cuando por primera vez dije que somos terroristas de nuestro cuerpo, que somos auto terroristas de la salud y el bienestar, se me criticó sin piedad por lo exagerado de la afirmación. Pero hoy, y es una lástima, debo seguir manteniendo dicha afirmación, toda vez que se sigue atentando sin misericordia contra el propio cuerpo, pese a las múltiples recomendaciones y a los males que nos aquejan.

El descuido y desatención con el propio cuerpo es de dimensiones desmesuradas y se puede constatar en cualquier lugar, protagonizado tanto por personas adultas de edades variadas, como por jóvenes, adolescentes y niños. La mala ejemplaridad se transmite de unos a otros como un virus contaminador, pero los verdaderos responsables del desatino son los adultos –padres, abuelos, educadores- secundados por la publicidad en revistas, pasarelas de la moda, el cine, etc.

Por ejemplo, viajando en avión, el espectáculo –terriblemente aumentado por la duración en los vuelos transoceánicos– no es nada ejemplar. Por un lado, vemos los cuerpos encajados y comprimidos en un reducido hueco con número asignado, faltado de un necesario y obligado espacio vital –responsabilidad de las compañías aéreas y sumisión de los pasajeros–, y por otro, de una dejadez postural de pura desidia personal, adoptando las más distorsionadas, irresponsables y escandalosas posturas que contravienen cualquier simetría, funcionalidad, respeto y salubridad personal. Si el resto de las especies no humanas contemplaran este triste cuadro humano, se echarían horrorizadas las “pezuñas” a la cabeza.

Independientemente de la falta total de consideración de las compañías aéreas con sus usuarios, que, además de pagar un elevado precio del billete, tienen que soportar horas y horas de permanencia en los aeropuertos –dos horas de antelación a la hora de salida, retrasos, cancelaciones, cambios de puerta de embarque, cambios a otro avión de enlace, recogida del equipaje, pérdida de las maletas, etc.-, y la suma de horas de vuelo, tienen la gran desfachatez de obsequiar al vilipendiado viajero, con un asiento mal llamado ergonómico y un irrisorio espacio para las piernas, que obliga a estar encajonado durante horas y horas sin prácticamente posibilidad de movimiento de las extremidades inferiores, y de limitada maniobra para levantarse y poder salir con un mínimo de comodidad para ir al lavabo o estirar las piernas.

Observen las salas de espera de los ambulatorios y hospitales, en las peluquerías, en el público invitado en concursos televisados y las mismas presentadoras y presentadores, en debates por televisión, en las playas, en el metro y el autobús.

Por lo que parece nada tiene importancia y el problema radica en que casi nadie da la debida importancia al cuerpo, lo que se hace con él y sus consecuencias.

Las expresiones «un día es un día», «no tiene importancia», «que sabe el cuerpo», «a partir de mañana…», «esto es hereditario», «no tengo voluntad», etcétera, demuestran una ignorancia supina, y ya instalados en el siglo XXI, se sigue siendo analfabeto del propio cuerpo, desconectados de sus mensajes, de sus reacciones, de sus quejas y de sus demandas. Y este deplorable comportamiento no es exclusivo de los ignorantes, ya que también hombres y mujeres verdaderamente ilustrados y con mucha inteligencia actúan exactamente igual. Precisamente tener un cerebro privilegiado, o ser muy importante en los negocios, en la política, en las artes, en las finanzas o en los negocios; ser una lumbrera médica, un-a deportista de elite, o un personaje de la jerarquía eclesiástica o militar, por poner unos cuantos ejemplos, no es ninguna garantía de consideración con el cuerpo. En general la humanidad está sumida en las tinieblas de la ignorancia personal y del lenguaje físico y emocional del cuerpo. En general se pone más esmero en las revisiones periódicas del coche y en seguir las recomendaciones para los electrodomésticos.

¿Llegará un día que los humanos harán de una vez por todas una seria y comprometida reflexión?
Amén.