Digan
lo que digan, hay una cuestión irrefutable; sin equilibrio
corporal no puede haber salud, ni bienestar, ni plenitud.
Cuando hablo de equilibrio corporal, me estoy refiriendo a TODO el
equilibrio del cuerpo, incluyendo las Esencias Básicas que
lo conforman.
El cuerpo y el Ser lo componen: la energía, la psique, las
emociones y la espiritualidad, en un TODO funcionando al unísono,
sincronizadamente, interrelacionándose y complementándose
solidariamente en un TODO activo y global.
En mi último libro La
microgimnasia - Amar el cuerpo, dejo bien claro que sin el cuerpo
no estaríamos aquí.
Sin el cuerpo, no estaríamos aquí en la tierra, ni las
Esencias o Cualidades que nos conforman como Persona –el SER–
y que son: la energía-voluntad, la sabiduría-inteligencia,
los sentimientos-emociones y el amor-felicidad, se podrían
manifestar al plano terrestre, ni ejercer su elevada función
terrenal.
Es únicamente el cuerpo, como contenedor indiscutible y exclusivo
de esas propiedades extraordinarias, que hace posible este milagro.
Repito que, sin el cuerpo, no existiríamos. No seríamos.
No habría nada de nada.
Por lo tanto, este cuerpo de exhibición y exteriorización
extraordinaria o divina, como se quiera denominar, es nuestra única
residencia durante todo el trayecto terrenal –se piense lo que
se piense y se crea lo que se crea–, con la circunstancia añadida
de que venimos a este mundo sin otro cuerpo de recambio.
Y no se me diga que algunas de las cosas que manifiesto, no se pueden
demostrar científicamente. Si alguien quisiera entrar en una
discusión de este calibre me permitiría preguntarle:
¿Usted ama de verdad y desinteresadamente a su esposa y a sus
hijos?. Y si esta persona me contestara afirmativamente, le diría
lo siguiente: demuéstremelo científicamente.
Hay una pregunta que me he estado haciendo durante años, me
hago, y desgraciadamente sé que me seguiré haciendo:
¿Cómo es posible que algo tan maravilloso, tan extraordinario
y de tal belleza, desde donde se procesa espontánea y gratuitamente
la salud, lo podamos maltratar hasta enfermarlo y destruirlo?
Con excesos y carencias, trabajando, comiendo, durmiendo, relacionándose
e intimando, más las emociones malignas, como los miedos, los
celos, el odio y la envidia y la suma de las actitudes negativas como
la ambición, la vanidad, los apegos, la crítica, la
mentira, la autorepresión, la autocrítica y las preocupaciones
desmedidas, todo bien mezclado y profusamente aliñado con la
desestructuración familiar y el desamor, todo, sin ninguna
duda, son manifestaciones y consecuencias inevitables del desequilibrio
corporal.
Cuando por primera vez dije que somos terroristas de nuestro cuerpo,
que somos auto terroristas de la salud y el bienestar, se me criticó
sin piedad por lo exagerado de la afirmación. Pero hoy, y es
una lástima, debo seguir manteniendo dicha afirmación,
toda vez que se sigue atentando sin misericordia contra el propio
cuerpo, pese a las múltiples recomendaciones y a los males
que nos aquejan.
El descuido y desatención con el propio cuerpo es de dimensiones
desmesuradas y se puede constatar en cualquier lugar, protagonizado
tanto por personas adultas de edades variadas, como por jóvenes,
adolescentes y niños. La mala ejemplaridad se transmite de
unos a otros como un virus contaminador, pero los verdaderos responsables
del desatino son los adultos –padres, abuelos, educadores- secundados
por la publicidad en revistas, pasarelas de la moda, el cine, etc.
Por ejemplo, viajando en avión, el espectáculo –terriblemente
aumentado por la duración en los vuelos transoceánicos–
no es nada ejemplar. Por un lado, vemos los cuerpos encajados y comprimidos
en un reducido hueco con número asignado, faltado de un necesario
y obligado espacio vital –responsabilidad de las compañías
aéreas y sumisión de los pasajeros–, y por otro,
de una dejadez postural de pura desidia personal, adoptando las más
distorsionadas, irresponsables y escandalosas posturas que contravienen
cualquier simetría, funcionalidad, respeto y salubridad personal,
que las otras especies no humanas, si contemplaran este triste cuadro
humano, se echarían horrorizadas las “pezuñas”
a la cabeza.
Independientemente de la falta total de consideración de las
compañías aéreas con sus usuarios, que, además
de pagar un elevado precio del billete, tienen que soportar horas
y horas de permanencia en los aeropuertos –dos horas de antelación
a la hora de salida, retrasos, cancelaciones, cambios de puerta de
embarque, cambios a otro avión de enlace, recogida del equipaje,
pérdida de las maletas, etc.-, y la suma de horas de vuelo,
tienen la gran desfachatez de obsequiar al vilipendiado viajero, con
un asiento mal llamado ergonómico y un irrisorio espacio para
las piernas, que obliga a estar encajonado durante horas y horas sin
prácticamente posibilidad de movimiento de las extremidades
inferiores, y de limitada maniobra para levantarse y poder salir con
un mínimo de comodidad para ir al lavabo o estirar las piernas.
Observen las salas de espera de los ambulatorios y hospitales, en
las peluquerías, en el público invitado en concursos
televisados y las mismas presentadoras y presentadores, en debates
por televisión, en las playas, en el metro y el autobús.
Por lo que parece nada tiene importancia y el problema radica en que
casi nadie da la debida importancia al cuerpo, lo que se hace con
él y sus consecuencias.
Las expresiones «un día es un día», «no
tiene importancia», «que sabe el cuerpo», «a
partir de mañana...», «esto es hereditario»,
«no tengo voluntad», etcétera, demuestran una ignorancia
supina, y ya instalados en el siglo XXI, se sigue siendo analfabeto
del propio cuerpo, desconectados de sus mensajes, de sus reacciones,
de sus quejas y de sus demandas. Y este deplorable comportamiento
no es exclusivo de los ignorantes, ya que también hombres y
mujeres verdaderamente ilustrados y con mucha inteligencia actúan
exactamente igual. Precisamente tener un cerebro privilegiado, o ser
muy importante en los negocios, en la política, en las artes,
en las finanzas o en los negocios; ser una lumbrera médica,
un-a deportista de elite, o un personaje de la jerarquía eclesiástica
o militar, por poner unos cuantos ejemplos, no es ninguna garantía
de consideración con el cuerpo. En general la humanidad está
sumida en las tinieblas de la ignorancia personal y del lenguaje físico
y emocional del cuerpo. En general se pone más esmero en las
revisiones periódicas del coche y en seguir las recomendaciones
para los electrodomésticos.
¿Llegará un día que los humanos harán
de una vez por todas una seria y comprometida reflexión?
Amén.
Barcelona, noviembre del 2002 |